Pero ahora

Pero ahora, los ojos cerrados, laten. Abiertos, se dan cuenta que el dolor pesa, que se puede ver pero casi sin pensar en lo que se ve. No hay como tener la cabeza liviana. Los años ponen  peso en la cabeza. Cada año que se deposita sobre la tierra, también se deposita sobre nuestra cabeza, a pesar de  la relatividad de las cosas. Es que andar con plomo en la cabeza, mirar a pesar de eso, tiene la ventaja ineludible de la velocidad: el ligero mirar de la juventud pierde el mismo acto, puesto el reflejo en el próximo movimiento.
 Hoy es martes y el amanecer, y que sea martes, no significan nada. En el valet cuelga la ropa de anoche, esperando. De mi depende todo. El valet en cambio me reta desde aquella vez que lo vi en la  casa de un burgués. Quizás mi pusilanimidad se siente burgués también. Tieso, este valet permite a través de sus tornillos flojos que le de formas distintas, puedo, si quiero, deshacerme del valet.  Polvoriento, mira a la pared de la izquierda del cuarto. Sigiloso ve cómo me quito o me pongo la ropa, sin hacerme una trampa, pero creando siempre el recelo de la duda.
Siento una necesidad ansiosa de preparar café. Me obsesionan ciertas necesidades pequeñas, ninguna personal, nacidas de la imitación como si siempre hubiese sido miembro de la tribu. El café husmea y ya mis jugos alborotan el mejor oro para el homo sapiens. Arrastro el cuerpo hacia la cocina y al pasar por el baño del pasillo, orino. El chorro está infeliz. Me palpo y dirijo el chorro hacia el agua que reposa en el inodoro. Suena fuerte y tal vez por eso, por pura imitación, el chorro se endurece. Preparar el café me espabila con sus maniobras rutinarias, una vuelta de la rueda negra de la cafetera a la izquierda me ubica frente al día, con su dolor de cabeza, su frío acondicionado que se apodera de la casa en la madrugada a sabiendas de que no hay calor que le sobreponga. 
Miro instintivamente por la ventana de la cocina hacia el mismo sitio de todos los días: una planta de jazmín, grandísima que se desparrama encima del columpio. De los dos, del jazmín y del columpio, me llegan pedazos. La misma silueta verde-beige quieta, recortándose delante de un par de casas que dan fe de la mañana.  
El primer contacto con el agua me pone de mal humor, pero me lo quita el ruido de la cafetera colando. Es como una locomotora, todo el mundo sabe. Yo le encuentro la gracia al café sólo cuando lo trago, no es en la lengua. Amargo caliente, y un dulzor de fondo. Dos tragos. Entonces le aproximo la lengua a los labios y el café ha llegado. 
Sólo algunos locos pueden describir sus rutinas, destinados a tenerse, sin más ni más. Yo pienso en  las cosas que voy a hacer, ubicándome en la mañana, y mi mente empieza a recordar lo que le da la gana. Y lo demás, como no importa, no pasa. Pasa, pero la mente inmediatamente le pasa un paño húmedo y lo limpia, luego lo seca, le da brillo y es como un fantasma que dejara un susto.



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