Habla para que te conozca

Camino hacia el discurso halando mis pasos y una plataforma gris.
La emoción no me deja entender el ciclo, que algo nace
y de nuevo se hace canto,
o un silbido,
y retorna.
Nada más que la emoción
aprieta.
Con el peligro de creer que sé lo que está pasando, que no voy a morir nunca,
que seré el que sigue, que me darán más para sentir, para tener,
un silencio me llena,
y juego a que desfilo y a que la primavera me ama,
y a que los secretos no son de ayer,
sino que se escabullen entre los árboles.
En fin, aparece lo que se fue, lo que no será nunca.
Un piano redobla marchas como un dulce para moscas,
el dedo hace que caiga en mi tiempo como un hombre más,
dejando más silencio.
Sin embargo el discurso me espera.
La voz comienza a salir hecha un guizazo atorado,
una piedrecita raspando el aire
con una tenue heridita que la hace íntima
y desprotegida.
Es cierto que la costumbre produce un velo,
una neblina que baila delante de los ojos.
Al acercarme a hablar,
es como si no hubiera más que esa niebla,
que agrupa los nudos
con anemia de parnasianismo:
ninguna palabra tiene vida propia,
ninguna me necesita.

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