Dayana viene

Dayana viene de un país asiático, y todo su pasado en la vida personal y la de su tierra, se hace enigma. Cuando llega, hay una ligera curva en el cuello que no le deja exhibir la cabeza con la altanería que lo haría en casa. Hoy luce alegre, sonríe fácil, y ríe más fácil aún, la risa parece que es su segunda voz, su lenguaje auténtico, y es capaz de emitir los sonidos guturales más agudos y diferentes que uno pudiera esperar de un ser tan igualito a los demás. Se sienta. Hay un maquillaje rodeando los hilos de su piel que le dan una máscara necesaria y fútil a la vez.
Enfrente suyo está Thais, rubia. Thais le mira los ojos fulgurantes. A Thais le fulguran los ojos también.
A Dayana no le importan tanto los saludos, ni las cortesías. Ella quiere hablar. El inglés le luce torpe en su lengua. Se traba y destraba a cada instante, y da la impresión de que fluirá en la próxima palabra luego de esa pausa fonética que pone en su ayuda. Su madre está enferma, está vieja además, depende de ella. Nadie puede saber cuánto le importa su mamá. Pero ella quiere hacerle un homenaje. No habla tan quedo, como para que sólo Thais la escuche, y Thais hace las primeras muecas de solidaridad con aquella anciana imaginaria. Dayana arremete con más detalles. El meollo central del drama es su atadura sentimental con la progenitora, que Thais no entiende. Se acaba de dar cuenta de que no quiere entender. Baja la cabeza sobre su estación de trabajo. Dayana no quiere darse cuenta de que su historia pueda aburrir, o de que Thais no quiera comprometerse en ningún sentido con aquellos sentimientos. Thais la mira de soslayo casi sorprendida de que no haya rubor por tanta confesión íntima o tanta efusión de amor filial.
Dayana ya tiene los ojos viejos, los párpados pesan aún en su ligereza. Mira a Thais con la serenidad de la descarga, Thais trabaja. Dayana une sus manos enfrente suyo, los codos en su estación y mira fijamente a Thais pasa al próximo capítulo de su novela. Ahora la hermana, enferma de cáncer, no puede ayudar mucho, o más bien hace lo que puede, su cáncer, su dolor, sus sueritos, su decaimiento, y la anciana madre siempre necesitando más energías de sus retoños que se retuercen en el sacrificio de sufrir por ella. Thais, rubia de California, sabe que Dayana ya ha hablado demasiado, pero no encuentra modo de hacérselo saber, así que calla, calla su voz y su rostro del que no sale ni un solo gesto. En las partes de la narración que cree menos intensa, levanta los ojos del trabajo y mira a Dayana, distante en su territorio asiático desde donde comparte su problema entre amigos y familiares.

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