A callarse ranas

En manos de un montón de sapos muero cada día.
Apenas el sol les avisa que hay sangre recorriéndome, 
se amontonan.
Primero les guiño un ojo,
pero viendo que salen y exponen sus secreciones, 
camino entre ellos
que se acomodan piel con piel, 
estrechez con estrechez,
arruga con arruga,
sus miradas con la mía.
Los sapos andan por este mundo 
como sin no importara nada más que matarme.
Han dormido suficiente pero siempre termino en sus sueños.
Como sucede tanto, me cuestiono hasta dónde los provoco 
pero sé que un montón de sapos
nunca se aparea en frente mio por casualidad;
que han sido situados ahí como soldados
y lo que cuenta es matar.
No falta quien se acerque 
y pronuncie un discurso a favor: nadie ha muerto 
como yo, 
día a día,
nadie ha probado tanto sus argucias 
cada mañana, 
no cada siglo que decide cambiar con ufanismo el nombre,
no,
cada segundo, cada vez que el sol se torna de suave a radiante,
de radiante a quemante,
de quemante a muerto,
nadie como yo
con el sol y los sapos
confabulados.

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