El perro siempre vuelve a donde le dan de comer

La música está quieta, dormida en sus aparatos y ni uno de ellos se atreve a despertarme.
Tengo música escuchándose a sí misma y baila en mis oídos, en mi cabeza, en mis pies y en mi cintura.
Duerme la música sin saber de frío ni días rotos ni necesidad de espabilar la esperanza.
En cambio, con todos sus colores, me recorre en ritmos desesperantes
y frente a ella, todos estos aparatos lucen
sumisos a mis dedos
que ahora no hacen nada y los deja dormir,
en este océano que me cubre.
Yo tengo agua y música en mis pies desde hace un siglo.
Desde hace tanto tiempo que voy yo empapando la sangre
en el feto que soy,
y el océano se escurre,
envolviendo con su aliento madrugador.
La música no abre los ojos, no seca nada.
Atónito veo cómo se van yendo las gotas,
el agua a chorros,
como una fuente enorme chupada desde adentro,
como si amaneciera saliendo del mar
y descansara en la playa.

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