Y si el amor no fuera

El asunto es construir la historia de amor,
hacerla sin que se deje atrapar.
Irle por la tangente y que enuncie,
como jugando de gato,
para saber el tamaño de los dientes.
Como si a partir de ahí el amor mismo no tuviera más opción
que ubicarse en la coordenada perfecta.
Hecha a la medida de cualquiera,
tuve mi historia.
Mi dosis, la adecuada diría yo, aunque 
con exageraciones,
contentada en su hueco negro 
y  su saliva de respeto.
Como cualquiera, como todas las historias de amor,
lo importante me fue bien,
y le dejé en la silueta acechando detrás de la cortina,
como si fuera el viento.
Así que ya mi voz
puede construir historias,
como un ave que se levanta a lo lejos, casi sin oírse,
y se cuela en el cielo.
Con mi voz. Un ave,
una más, sabiendo las millas que le pertenecen.
El ave que cae a sabiendas de todos, con las precauciones de todos.
Y se estrella
en la quietud o a la espera.
Siempre habrá tripas angustiadas y una inmensa hilera de horas en lontananza, juzgando, asediando,
listas para zarpar.
Se sabe que el amor puede dejarse atrapar.
A pesar de sus envases ultra celulares: ¿qué seguridad 
me da
de que toda la humedad del agua,
las carrozas del aire,
no sean más que mi historia
trotando por aquí,
aplastando todo con su gracia?

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