Mátame...


                                                          Mátame...fuego destructor de mi vida sin numen. 
                                                                                  V. Aleixandre 


El dulce calor de la llama y la buida presencia de la juventud 
me gritan traidor desde el hipogeo de los años, 
y tantos años me impiden hacer aseveraciones y delinquir con el cierre de un concepto.
Siempre anduve yéndome, porque huir es la luz mejor al otro lado del camino, 
y el camino deja ver que no va a ninguna parte aunque haya, trasunto, 
adorado demasiado a Itaca.
Para evitar mi innúmero de afrechos, caminando, 
pisando espartos, fabriqué de esa misma yerba la nostalgia de no saber dónde está el camino, 
tuareg obligado a cumplir la faena con el tedio del final, 
irredento y fiero en campos extranjeros. 
Prestado al paso, miro atónito mi ascesis, la manera de no despreciar la muerte 
en sus lecciones de cortedad. 
Pongo mi barbilla en tierra con los ojos nublados. 
Nací con un pábulo sentenciando luego del primer respiro: morirás; 
y aquella quinta del 59 empeñada en disparar cada cuál primero 
ni hizo el intento delicuescente de arrepentirse.
Se plantó eterna una comezón intrigante en mis élitros,
y una ciudad que no se irguió para cobijarme, reposando entre los artesanos con sus ariques,  
una vez más me pasó por la tierra, ínsito. 
Cansado de pensar en lo que otros, con mi nudo fácil de hebras endurecidas, resisto,
el odre que contiene mi vino, resiste.
Bacante, así es mi ansia. 
Y no le valen mis amplexos para detenerla, me usa como esquife, 
pretexto que disuelve: cuídate de los incapaces de seguir un juego, 
son un papel para absorber las gargantas de los fanáticos.
Lo hice ser.
Es todo lo que en la vida hice.




















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