La loma

(acordándome de Bertica)

No es en realidad una loma, sino una elevación de apenas unas pulgadas en su alargamiento, al apartarse del camino. Pero ofrece, una vez en ella, una imagen panorámica. 
La descubrí creo, un día que iba por frutas.  
Todo marchaba bien hasta entonces. Había nacido bien, había crecido bien y fue cuando llegó ese día y la descubrí. 
La loma no tiene atractivos para el que quiere mirar al mundo. Una yerba perennemente ataviada de rocío sirve de espejo a dos o tres árboles de frutas y ya. Creo que en uno de esos árboles colgaron a un perro por lastimar a las cabras. Y ya. Después de eso, solo estoy yo. 
Yo, viendo al frente. 
El frente de la loma es una carretera que ha logrado situarse a través de potreros y cercas. Los carros solo van en dos direcciones. Hacia la izquierda queda lo infinito que es desconocido. A la derecha nos vamos al pueblo con sus callecitas de incertidumbre, esquinas de traición, tejas rojas que requieren de una reparación eterna, y un bullicio de gargantas construidas con la hoz del insulto.
Los carros que van hacia la derecha resultan conocidos y los que les cruzan, ajenos, impersonales. 
Los carros son contados. Y contabilizados. En tres horas dos a la izquierda, cuatro a la derecha. Gana el pueblo con su vulgar posicionamiento. 
La loma parece privilegiar un poco a los de la izquierda pues despeja unos árboles que se agachan justo al pasar la vista por la carretera. Y cada carro hacia la izquierda se pierde a lo lejos, lentamente haciéndose pequeño hasta que la vista se cansa. 
Me siento en la loma al amanecer y allí duermo. 

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