Viruelas



El asunto de los malos olores me intriga igual que me intrigan ciertos dichos que se han repetido seguro desde mucho antes de nacer yo.
Por ejemplo aquel de " al cabo de la vejez, viruelas".  
Me intriga la vejez con asuntos no resueltos y me intriga más, una enfermedad tan anacrónica en la confusión sin remedio en que se debate la piel de un viejo. 
Me intriga que de pronto aparezca algo, tan obvio como unas viruelas. 
Y que un viejito achacoso, listo para irse de este mundo, se convierta en dicho. 
Aun así, queda aquello de que mi cabeza se convierta en una cuadrícula apuntando los olores en cada una de ellas, 
rellenando con  asco algunas, con esa dignidad prepotente: tú que vienes del carbono y ya has trastocado los poderes del oxígeno en una lujuriosa revolcadera con el zinc, ¡fuera!

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