Disparate

Pigmalión y Galatea, Jean-Léon Gérome





El joven ve las formas perfectas de la mujer sentada, casi acostada, unos metros más allá. 
Y súbitamente, guiado por la excitación, recuerda aquella vez siendo adolescente, entró de la mano de otra adolescente al pasillo vacío del edificio, y como una despedida, ella le dio un consejo que era una advertencia dulce, y la mano de ella  se hizo un capullo y le tomó la barbilla, comenzando una caricia con la punta de los dedos desde el justo ángulo de ambas mandíbulas hasta terminar suave, lo más parecido a lo dulce, en la punta de la barbilla, y luego vio alejarse la mano todavía hecha capullo a los lados del cuerpo de ella, 
que empezó a caminar y a alejarse. 
Y que quedó
con los sentidos exaltados, con aquel estado  -lo digo yo,  ahora, y es lo curioso, yo, que ya crucé los umbrales -empecinado de sexualidad descubierta.

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