De vez en cuando


Este siglo me encontró cambiando más que él mismo, en Costa Rica. Sin proponérmelo, sin darme cuenta, el siglo XXI me diluyó en sus primeros años de manera que yo nunca más fuera el del siglo anterior. Una angustia inexcusable me alejó del hecho de poner atención a las enfermedades de los demás y me puso a caminar conmigo mismo en el peor túnel descrito, dando manotazos en todas direcciones como si intuyera que agarraría algo en alguna de ellas.
De un brinco un tanto zalamero me situé en uno de los asientos que en las Oficinas Centrales disponen las directrices en la atención de salud. Incómodo, viajé con mis ojos a todas las normas que me propusieron, aunque sólo atinaba a escuchar ávidamente el escozor de mi sangre que hacía de la carne la más frágil vestimenta. El vigor me sobraba para las aceras, para las esquinas, para las calles preciosas en escenarios de los más variados rincones, y me quedaba exhausto en las reuniones donde mis compañeros debatían la pasión de un argumento.
Alex fue allí mi compañero equilibrado. Sabía ser médico y estadista, orientador y bailarín. Olisqueó, y su sensibilidad finísima, su tacto de sentido extra, le indicó mantenerme alejado. Nunca nos dijimos más que majaderías de esas que resbalan por la piel y se pierden en el siguiente paso.
Una vez fuimos a trabajar juntos, creo que a un hospital de Puntarenas. El siglo naciendo, haciéndome otro yo, y de una forma inconsciente queda constancia en una hoja de un blog que -oh, misterios seculares- Alex conserva y me hace llegar.

Lo titulé De vez en cuando:

Nunca se usó para que reconocieran
la molestia de las noches
o la urgencia de sujetarlas.
Igual de terciopelo, precisamente igual,
caricia que ya empieza a profanar.
Nunca creció hasta que lo entendieran
ni su rostro fue de miradas
ni lo calificaran
desde donde crecen las sospechas.
No disfrutó la cocina de las risas
ningún preciso instante due detrás.
Chiquitico, chiquitico, chiquitico
muerto para aceras y antifaz
se acostaba entre sus mientes
así sin brillo, como la luna en el espía.
No conoció quizá la premura de ceder.
Ninguna mujer entretuvo sus estíos.
Nunca quiso ser leyenda. Nunca osó.
Criatura de adorar, ángel de las esquinas
devorado entre narices.
Nunca fue enseguida,
nunca menos, nunca más.
Lloró en el tiempo sin la rabia,
interrumpió el caminar.
Nunca que conocía de citas,
y que serio, solo, tan viejo y suave,
que hasta el centro que asomaba su tensión
y se tiró, se echó lo mejor que pudo
con sus ojos en la carne,
en el modo diáfano de haber vibrado.


14 de julio de 2001.

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