Mi arte

Mi arte puede que no sea tal, sino el picor de vivir multiplicado por el ancho que tiene la apertura de mis ojos. Que piense de modo más torpe que aquel bailarín que suelo despreciar. Puede que ni lo desprecie, sino que envidie esa desenvoltura tan natural para exponer los gestos, y que al final cada gesto coincida con cada una de sus funciones.
Puede ser que empiece un día a darle a todo esto un nombre. Bailar a mi forma, con esa cadencia que aguanto, pero por ahora, cualquier cosa que sea mi arte, es mi arte. Y yo se lo entrego a este individuo para que con su lascivia organizativa me lo ponga en el estante como un pan que un poco duro luego del mordisco, se tira. No quiere saber si mi arte es mi arte o si yo creo que tengo un arte. Sólo sabe, solo quiere saber, que no tengo nada. Acostumbrado al pan, a que nadie pregunte, un vividor de palabras. Hay en su presencia este susto mío que de inmediato transmuto en una jovialidad que cualquiera que no sea él, sabe que es sospechosa. Pero si para algo estoy aquí es para salvar mi arte, y sigo insistiendo (sin tenerlo claro) que tengo un arte, y le digo al encantador de las musas etéreas que pudieran poner cabizbajos a los escarabajos, que lo pruebe, no, que lo tome y lo extienda sin que lo entienda, que lo riegue como polvo dorado, con ese brillo que no resiste el análisis. Y el personaje no entiende de proposiciones a medias y a mi arte lo siento entre sus manos intencionadas que lo lanzan hacia arriba para, al caer, sentir el gozo de un puntapié inicuo.

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