Regreso de allá

Regreso de allá igual, es decir, no siento que nada ha cambiado o que ha habido influencia para pensar sobre esto de manera diferente.
Hay gente que tropieza conmigo a lo largo del camino. No puedo distinguir quien las pone ahí, para qué. Se me hace truculento eso de los propósitos. Pero esa gente ha estado siempre desde entonces conmigo. Allá fueron. Los menos intrigantes, no por eso los menos preocupantes, fueron como si su misión de encontrarse conmigo en el camino, fuera ineludible. Me recuerdan que el camino ha sido interesante e inmediatamente me pongo a averiguar si fue por ellos. Conversamos, no indago nada, sólo permito que el tiempo, al primer tropezón no se vaya. Vienen y me abrazan intentando desatar algún nuevo nudo, pero cuando descubren que los nudos tienen la misma lisura, sonríen, contentos de las constataciones. Nadie quiere sorpresas. Nadie quiere el amargo inesperado de las valoraciones. Que nada escandalice el choque.
Esa gente y yo tratamos de presentar la cara de siempre, corrupta por los días, con un antifaz arrugado y translúcido. Nos reímos de cómo las capas de los antifaces se hacen tan rutinarias en esta vida. Yo me doy cuenta que nuestras vidas no pueden merecer más. Que así vamos bien, al abrazo, al repetirnos de nuevo que vinimos.

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