Ya salieron los versos

Ya salieron los versos a la palestra, quiero decir, salieron un poco fuera de mí, de mis ojos evaluadores, cuidadores, celosos. Se lanzaron desprotegidos a recoger sinsabores. Les echo de menos ya la pertenencia. Sé que no tendrán que dar tantas explicaciones porque están llenos de rodeos, pero más de uno los mirará con sorna, suspicacia, con escepticismo sin llegar a la doblez.
Salieron al carnaval. En los carnavales los fiestantes van vestidos con sus trapos colorados, y al sonar las banderillas, los versos sólo les ven esos rizos que hacen de la luz y el color asuntos tan crípticos. Es increíble cómo estuve en el jolgorio. Yo veía a los versos míos pegados sin gracia en las paredes, estáticos, como listos al diente y frente a las reverencias que les hacían, les notaba su desencanto estrafalario.
No me queda claro si debí haber hecho algo distinto con mis versos. Si los hice desde todas las emociones posibles, incluso en contra de ellas, ahora deberían someterse a sus hermanos, y disfrutar del espectáculo, emoción con emoción, fatuidad con fatuidad. O tal vez ahora es que la respiración que les nace inequívoca en las entrañas, se nota, y deberían aguantarse a la hipoxia, a una resignación ética. No sé.
El circo. Payasos repetitivos dando vueltas alrededor de mis versos.  Parvos, mis versos saben que son míos. Yo por ratos nada más les veo sus cicatrices, esas heridas a medio olvidar que sólo yo conozco. Los payasos no saben cómo salir airosos de todas las murumacas. Es el circo de siempre con sus mismos resabios. Los amarres, esas sogas con que los orquestadores comienzan la función, podrían asustar a mis versos, pero al saberse con vida propia, se mezclan melosos con los asistentes. Por ratos me lucen tan presuntuosos que me desentiendo de ellos, ni caso les hago y sus piruetas salivales apenas pueden reclamarme paternidades. El circo está hecho de forma tal que cualquiera puede pensar que es sólido, menos a la merced del viento. Mis versos puede que no noten el precio serpenteando, cabizbajo.
Ya están afuera de mi atoro, y este atasco ahora no es solo mío. Ahí van por entre los fiestantes sin saber para qué. Habían salido de mí con aquella fiebre, aquel resquemor de que adentro no cabían más vanidades. Puede que lo hayan estropeado todo.
Casi no puedo ver la palestra. Me deja con el sentimiento de que puede pasar cualquiera y decir.

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