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Tengo la sensación de que estoy, de todas maneras, en un barco a la deriva.

Estar triste y llamar, y llamar sabiendo que nadie va a responder. Ya pensé

que no hay horizontes nuevos, lo que hay es una lucha tenaz, dentro de mí,

por adaptarme a las las mareas.

Detesto las alas blancas y los castillos que se apoderan de los sueños.

No me importa tanto el viento que soplará o si una ráfaga más benigna,

transitoria se parecerá a la tregua.

Siempre voy a moverme hasta el día de la quietud final.

Me inquieta el disturbio alrededor,

el caminar de los que me rodean sacando los dientes, enseñándonos,

tropezando adrede al morder.

Creo que esto no solo enfurece la marcha, sino que la entorpece,

que evita el tránsito natural.

Nada tiembla cuando me cercioro que nadie va a quererme. Ya no,

me favorece que saque aquel viejo puñal y ande dándole al pleito,

incluso a la alevosía, un lugar de honra.


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