Escribo ardiendo

Escribo ardiendo. Nunca maté una mosca y fui de esas moscas que nadie mató. 
Ya tengo los años del recuento. Ya agarré varias alforjas y me queda espacio para ponerle nombres. Lo inclasificable de la vida. Tormentos que vive la gente. Osadías a las que nadie se atreve. Ya fui, y fui tan insignificante que a la vida la recorro con delicadeza. Le paso un dedo casi mojado de saliva y la extiendo en su cuna de oropel. La vida siempre se ha creído que merece diferentes miramientos. 
Fui de los que no saben que en el camino hay polvo. Me froté las manos siempre en el calor. Cuántos infelices me pasaron la mano, y a todos miré y les di a entender que entendía. Una mosca no mira más que a sus patas embadurnadas, buscando implacable un sitio de descarga. 
Yo viví en la sombra del reflejo. Los pasitos míos me agrandaban las mandíbulas y así tragué la vida. Cada cual me vio en el sendero. Muchísimas veces incliné el sombrero, pedí treguas. Ah, yo fui un tipo desigual, es hora que lo diga, a mis cincuentaytantos años no me creo una mosca. Me toqué las venas más de una vez y comparé las sangres. Rojizo de las heridas me acariciaba. Yo mismo, recibiendo el aire que siempre es obcecado, acaricié un tajazo, una erupción de mis vísceras, un pelito en la lengua. 
Como todos, nada diferente, mi vida fluyendo como un chorro y yo, con la llave abierta, como todos. Escribiendo. Las manchas quedándoseme adentro, una letra a veces semejando a la vida, pero de vuelta a casa, más cicatrices, menos peldaños que subir, sólo sentarse a arder.

Comentarios

Entradas populares