Mientras almuerzo

Mientras almuerzo no dejo de pensar en cómo voy a organizar el día. 
Le asigno capítulos, los quito, lo dejo en prosa, lo borro, le imagino un leit motiv que cautive, en fin, me pierdo tras el día ya hecho, sin haberlo empezado.
La vanidad es cosa seria, me hurga, me hurga, y le sonrío a medias, yo solo aquí, como diciéndole a la vanidad, tú a mí no me conoces. 
Pero en realidad sí me conoce y está rajada de la risa por todos los vericuetos del cuerpo. 
Me asombro frente al plato que mi cara está completamente roja. 
La vanidad la hinchó e hizo creer que era la rubicundez de los grandes proyectos. 
Lo cierto es que mi cara casi duele de su sangre acumulada tan intempestivamente. 
Pienso que necesito más sangre en el resto del cuerpo, pero mi cara persiste en su idea de lucir como melón y de tanto hacerle caso me empieza a zumbar en los oídos.
Total, una fiesta. La sangre, ya no sé si de la vanidad o de los grandes proyectos, 
alborotada en mi cara y yo, serio, mirando mi cara en el brillo. 
No es reflejo, es mi cara. 
Qué tonto eres, me digo a la vez que se lo digo al plato. 
Nada de lo que me rodea me da una idea de lo que significa quedarse. 
Había pensado por un instante en la posibilidad de que la realidad 
me diera una lección gratuita sobre trascender. 
Qué tonto, repito. No tengo claro qué provoca en mis arterias esta orgía, 
sin embrago, sin bajar la vista, 
veo atenuarse el color, todavía palpitando mis orejas.
La gracia, la gracia: es una virtud tener un día. 
Mujica, viejo, gordo, no te pierdas, me dice. 
Creo que es por la forma en que busca dentro la palabra que no pronuncia, 
que Mujica está carirrojo. ¿Qué hago?


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