Mientras almuerzo

Mientras almuerzo no dejo de pensar en cómo voy a organizar el día. Le asigno capítulos, los quito, lo dejo en prosa, lo borro, le imagino un leit motivo que cautive, en fin, me pierdo tras el día ya hecho, sin haberlo empezado. 
La vanidad es cosa seria, me hurga, me hurga, y le sonrío a medias, yo solo aquí, como diciéndole a la vanidad, tú a mí no me conoces. Pero en realidad sí me conoce y está rajada de la risa por todos los vericuetos del cuerpo. Me asombro frente al plato que mi cara está completamente roja. La vanidad la hinchó e hizo creer que era la rubicundez de los grandes proyectos. Lo cierto es que mi cara casi duele de su sangre acumulada tan intempestivamente. Pienso que necesito más sangre en el resto del cuerpo, pero mi cara persiste en su idea de lucir como melón y de tanto hacerle caso me empieza a zumbar en los oídos. 
Total, una fiesta. La sangre, ya no sé si de la vanidad o de los grandes proyectos, alborotada en mi cara y yo, serio, mirando mi cara en el brillo. No es reflejo, es mi cara, qué increíble cómo se puso. Qué tonto eres, me digo a la vez que se lo digo al del plato. Nada de lo que me rodea me da una clara idea de lo que significa quedarse. Había por un instante, pensado en la posibilidad de que la realidad me diera una lección gratuita sobre trascender. Qué tonto, repito. No tengo claro qué provoca en mis arterias la palabra, sin embrago la repito, como tres veces más y sin bajar la vista, veo atenuarse lo rojo, todavía palpitando mis orejas.
La gracia, la gracia, es una virtud tener un día. De inmediato pienso en Mujica, viejo, gordo. No te pierdas, me dice Mujica sin mirarme a los ojos. Creo que es por la forma en que busca dentro la palabra que no pronuncia, que lo creo sincero.
Mujica está carirrojo. ¿Qué soy, Mujica?, ¿en este almuerzo de confusión?.


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