Cuando entré

Cuando entré en la adolescencia, me dio por cantar. Cantaba las canciones de moda y otras que inventaba. 
El problema a vencer era practicar mi voz, que, yo estaba convencido era única, formidable  y que sólo faltaba el golpe de suerte. Sólo había que trabajarla.
No podía ser en la ducha porque no había ducha en el baño, sino aquel cubo que vaciábamos sobre el cuerpo con un jarrito, de manera rápida. 
Entonces descubrí que caminando por los bordes de la Carretera Central, se obtenía un inigualable fondo de ruidos de carros, que bien podían simular una orquesta, perfecto porque yo no me inspiraba en las lomas, ni soltaba mi voz al silencio de los potreros.
Para que mi voz se explayara en total dimensión y lograra registros de concurso, yo necesitaba orquesta. Y ahí venia el segundo problema: cantar era lo opuesto a lo que mínimamente hubiera podido hacer mi timidez.
De manera que le cogí el gusto al caminito paralelo a la Carretera y a no tomaba el autobús sólo para ir con mi canturreo desde el comienzo del Camino de Santa Cruz hasta la Tasajera.
Cantaba un poco sobre lo bajo cuando no había carros, pero cuando pasaban  me envalentonaba sin imaginar cuántos al verme - nunca oírme - habrían hecho el día conmigo.
Pero dejé la adolescencia y también la Carretera Central. 
Realmente dejé uno de mis mejores sueños.

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