El pelo

El pelo no era rubio sino cenizo, y por momentos parecía blanco en algunas puntas o reflejos, y lo que más llamaba la atención era su ligereza estirada, su natural prolongación hacia cualquier lado sin el menor capricho de la voluntad. 
Había mechones que se encorvaban  luego de atravesar los relieves de un corte reciente para hacerse notar como espigas briosas que desafiaran al viento. Puede decirse que lo gobernaba una intriga quieta y potencialmente capaz de todo. 
Situada la cabellera sobre un perfil hecho con maestría, no hacía más que servirle de contrapunto y distinción. 
Mis ojos no debieron estarse tanto rato en ellos.

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