Me contemplo




Me contemplo pasar el río. Los guijarros tienen la transparencia del agua, y el fango, las algas, doncellas ruborizadas, se acomodan rodeándolos. Entra mi mano desbrozando el agua fría, lenta, sin contar nada.
Del tiempo podemos coger las virutas, el tiempo es insondable, y en la medida que me asomo, se me acerca también el misterio de las pequeñas cosas.
Un guijarro transparente.
Cruzo el río con los bolsillos llenos de tiempo sintiéndolos vacíos, sin saber cuánto lo ocupan la imaginación, o el gasto a capricho, soltándolo en las costas o en los arrecifes o en los acantilados donde es fácil intuir cómo resuena su vuelta de oquedal.
Y allí en el tiempo, una tierra tan árida, sembramos lo que vamos a querer, moldeamos la figura que nos va a acompañar.
Nado, habiendo creído amar la vida, me voy a su harina, a su miel. Le lamo las heridas como un Eneas no convencido, y soy el cerón donde la tierra deja untadas, aguijoneando por encima de mi sombra.
Por supuesto que el río se sabe amo, casi ausentes los miedos, rotas las amarras.
Límites que se avizoran desde el primer instante, se zafan tras los hilos ajenos, y la médula de lo que sería el sueño, protagónica, comienza su danza de brujas.
No hice nada, no alabé los juncos como si fueran únicos. Pero las mediciones dan la corona al aburrido, y el aburrido toma la lienza, el pergamino donde registra el latido, dueño.
Así que por aquí paso permitiendo malgastar los valores, casi estéril la lupa, casi muda la estela. Arce, fijo en el alma de este mundo, con la salvedad de no entrar en su secreto. Nada para el final perfecto.




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