Un escenario

En el centro del escenario hay una enorme cocina repleta de servidumbre que se agita en pos de platos que nunca se terminan y que no huelen, sino que se hermosean en manos prósperas, dedicadas únicamente a que el ojo le reconozca sus prebendas. Tras el fogón, un hombre.
Es de esas personas que necesita descobijar el sobaco con frecuencia. Apenas dada la oportunidad eleva el codo y lo apoya a cualquier superficie que le resista y desde allí, atrincherada su axila en el augurio de todos los aires, se dispone a hablar, a mirar a cualquiera a los ojos, como si desde esa postura el vuelo impar sólo esperase un momento para hacerse efectivo; y hay un poco de asombro por la parsimonia con que los demás brazos asumen la iniciada posición de colgarse a lo largo del cuerpo.
Y después le veo las uñas. Pequeñas, frágiles, en dedos asustados, diminutos. Uñas recortadas con el ansia de encubrir todo el desasosiego de las pérdidas. Se me aparecen un instante, el mismo en que los dedos no intentan esconder aquellas suficiencias para las que tienen carencia.
Delante del escenario, y atrás, estoy yo.

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